
“Los niños tienen una fe absoluta en lo que les contamos. Creen que arrancar una rosa puede traer la desgracia a una familia; que las manos de una bestia humana empiezan a echar humo cuando mata; y que esa misma bestia se siente en cambio avergonzada por la presencia de una muchacha en su casa. Ellos se creen miles de cosas que nosotros consideramos ingenuas. Yo os pido a vosotros un poco de esa misma inocencia. Y, para que pueda funcionar la magia de este cuento, dejadme empezar con esas tres palabras que son el ‘Ábrete, Sésamo’ de nuestra infancia: Érase una vez…”.
Con una voz en off, y con estas palabras comienza esta preciosa película de Cocteau. Para contar esta historia, necesitó adaptar la trama en algunos puntos. Reunió en uno los tres hijos del mercader -de escasa importancia en la fábula de Beaumont- y asignó a éste la causa de la ruina familiar: en vez de la especulación paterna es ahora la dilapidación del hijo y su afición al juego lo que acarrea esa triste situación. También las hijas cambian en el filme: en vez de casarse rápidamente, permanecen solteras como pago a su vanidad. Otros detalles de la trama se adecuan más a la realidad: la tormenta de nieve se convierte en fuerte vendaval; desaparecen el hada buena y los sueños de Bella; y la transformación final del castillo se cambia por una mística elevación de Bella y el Príncipe hacia unos cielos que simbolizan la eternidad de su amor y su definitiva redención de lo mundano.
Con todo, la principal aportación de Cocteau a la historia es el personaje de Avenant, interpretado por Jean Marias, quien actúa también como la Bestia y el Príncipe. Avenant, que en francés significa atractivo, es un hermoso joven, amigo de la familia, que está enamorado de Bella. A sus continuas propuestas de matrimonio ella responde siempre con evasivas, pues su padre y su familia la necesitan en casa. Al final, la apariencia afable de Avenant desaparece y deja al descubierto su alma egoísta; por el contrario, la muchacha descubre el alma noble y generosa de Bestia bajo su fea apariencia.
La introducción de este personaje refuerza el contenido de la fábula y cierra la historia con un desenlace más sugerente: al tiempo que Avenant fallece, víctima de su codicia, la bestia renace por el amor de Bella; y mientras aquel pierde su hermosura, éste la recupera tras años de negro hechizo. Realizada en duras condiciones, por la penuria de la Guerra Mundial, la película fue producto de la enorme fe que Cocteau puso en ella. Enfermaron, uno tras otro, los actores principales; y Cocteau, que también enfermó pero que nunca guardó cama, tuvo que alterar casi a diario el inicial calendario de rodaje para evitar su cancelación definitiva.

El cuento de hadas, centrado en el triunfo del amor sobre lo material y de la belleza interna sobre la externa, no pudo encontrar mejor expresión cinematográfica que en esta obra del poeta y cineasta francés Jean Cocteau.
Los brazos que sujetan los candelabros, las manos surgiendo de las mesas para servir el vino, los rostros pétreos de ojos brillantes, escrutando los movimientos amedrentados de los visitantes o la impactante e imitada caracterización de la Bestia, se han convertido en referentes para otras películas, ese oscuro pasillo con blancas cortinas…las caras esculpidas en la chimenea.. y tambien ,espléndida la música de George Auric e inolvidables interpretaciones de Jean Marais, amante en la vida real de Cocteau, y de la hermosa Josette Day, pareja inmemorial para un título imprescindible del cine fantástico europeo.
El film comienza en un poblado de gusto medieval donde Bella, la menor de tres hermanas, trabaja día y noche para cuidar a su padre, caído en desgracia, y ocuparse de sus dos vanidosas hermanas. Si este argumento ya recuerda a las desdichas de la Cenicienta, el tono empleado por Cocteau es decididamente fabulador, sencillo pero no ingenuo. Las proposiciones matrimoniales del atractivo Avenant, los divertidos contratiempos de las hermanas o la vagancia de los mozos tienen como misión internar al espectador en el film, preparando el momento para que el padre se interne en el bosque y descubra el fantástico castillo de la Bestia.
Es ahí donde comienza la verdadera hipnosis del film, cuando el mundo real se desdobla en su opuesto, el mundo fantástico. Al acompañamiento de su misteriosa música, nos internamos en un bosque tenebroso de árboles retorcidos que da paso a la mansión barroca, bizantina donde se esconde el príncipe maldecido. Las puertas que se abren o cierran solas, los largos pasillos con brazos saliendo de las paredes y sujetando los candelabros, la mano que aparece en la mesa para servir la comida, las gárgolas haciendo inquietantes gestos, la decoración rococó de los interiores, el establo donde se guarda al mágico caballo o el jardín de rosas, donde el padre cifra su desgracia, son algunas de las imágenes más inolvidables del cine fantástico y del surrealismo, que seguro no fueron despreciadas por Dalí o Buñuel.
A partir de ahí todo es hipnosis, magia e ilusiones en la relación que une a la Bestia con Bella. Sin caer demasiado en el romanticismo exagerado pero dotando al relato de un halo tan trágico como bello, Cocteau nos narra los sufrimientos que unen a los dos seres.
Él, condenado a la soledad y la incomprensión. Élla, alejada de su padre y marcada por un sacrificio personal en su bien. Haciendo poesía sin palabras, regodeándose en su originalidad visual, el director francés conduce la obra hacia una excelente conclusión donde el amor de Bella por la criatura romperá el hechizo que la ata a su fealdad y le convertirá físicamente en un príncipe, con el mismo rostro de su anterior pretendiente Avenant, muerto al intentar penetrar en el castillo. Via Criticon
